A pesar de los años que hace de mi viaje a Atenas, a menudo me recuerdo sentado en la plaza Syntagma comiendo una de aquellas rosquillas que venden por la calle a cuatro dracmas, mientras los soldados de las falditas y los pompones en los zapatos hacen sus cambios de guardia
A pesar (o por eso mismo) de su uniforme tan ridículo (cosas de la historia) me consta que tienen muy mala leche, porque coincidí con un pelotón que bajaba por la estrecha acera que bordea le Palacio Nacional, sino me aparto me arrollan.




