La eternidad y más allá
Lo malo de trabajar de noche es cuando llega el día y el sol de la mañana te golpea el rostro con su más rabiosa saña. Y Jaime, un joven treintañero que sobrevivía como segurata tenía que sufrirlo al final de cada jornada de trabajo.
El Sol inmisericorde, el estruendo de los coches y los espantosos edificios que se amontonaban en una Plaza de España, ya absolutamente destrozada estéticamente por los estúpidos políticos y arquitectos barceloneses, era el marco donde cada día tenía que aguantar a pie derecho la espera de su autobús, el 165, Expresso al El Prat, y as us cama redentora.
Para aliviar esta agonía, siempre ojeaba alguno de los periódicos gratuitos. Hoy había conseguido un Que Diario de una papelera, en su baturrillo de noticias y curiosidades, traía un reportaje arqueológico del antiguo Egipto, con dos fotografías del famoso busto de Nefertiti, que escaneado con modernas tecnologías había revelado un rostro oculto tras la bella imagen de esta legendaria reina de Egipto.
!Cual fue su sorpresa¡ La nueva Nefertiti era clavada a alguien que el conocía, justo la veía cada día en ese mismo autobús. La vería dentro de dos paradas.
Decir que la conocía era un poco exagerado, solo coincidían en el autobús de las 8:15 todos los días desde hace varios meses. Pero sin duda una de las mujeres más bellas de las que subían a aquel autobús. Solo habían intercambiado algunos saludos ocasionales ignorandolo todo sobre ella.
En cuanto la vio subir,se acerco y le espetó:
.- ¡Hola! Hoy sales en el diario.- Mientras le plantaba las fotografías enfrente de sus misteriosos ojos.
Ella sin dejar de sonreír, miro las fotos y empezó a leer, pero al poco se puso pálida y sin no la llega a agarrar hubiera caído redonda al suelo.
.- ¿Qué te pasa, te sientes mal?
La gente se arremolino
.- Estoy mareada, quiero bajarme.
Y así los hicieron en la próxima parada. Jaime la ayudo a bajar y se acercaron a un banco en el parque de la Plaza Europa, a la sombra de los imponentes nuevos rascacielos y los espantosos monumentos conceptuales.
Allí Isa, que así se llamaba, le empezó a contar una asombrosa historia. Qué hacía años que conocía a Nefertiti, que se le aparecía en sueños recurrentes y que en los últimos meses las ensoñaciones se habían recrudecido, hasta hacerse obsesivos, estaba pensando de acudir a un psiquiatra.
Jaime ya había oído hablar de la egiptomanía, el mismo la había padecido una temporada en la que acumulo un sinnúmero de fascículos que acabó tirando. Supuso que dado su parecido con la egipcia, Isa sufría un síndrome agudo.
Bromearon sobre esto, y como Isa ya había excusado su ausencia del trabajo y a él se le había pasado el sueño, decidieron pasar el día juntos. Como algo natural Jaime propuso ir al museo egipcio de Barcelona.
Mientras se contaban sus vidas, pronto llegaron al número 284 de la calle Valencia, en pleno Eixample, y lo que parece un bloque de pisos norma, por dentro se transforma en un rincón junto al Nilo.
Recorrieron las diversas salas, Jaime intentaba recordar todo lo que había leído sobre la misteriosa civilización, mientras ella sonreía condescendiente.
Llegaron ante una estela que representaba un Ojo de Horus, mientras Jaime se inventaba el significado de dicha imagen, Isa alargo la mano tocando la piedra...
De repente, un torbellino empezó a girar a su alrededor, todo daba vueltas, Isa empezó a gritar mientras una fuerza desconocida tiraba de ella hacia el interior del monumento. Jaime la agarro del brazo con todas sus fuerzas, pero fue inútil, ambos fueron absorbidos por la misteriosa fuerza que les hacía girar y girar cada vez más rápido. Siendo arrojados finalmente sobre un suelo de grandes losas de piedra. Estaban en lo que parecía un patio abierto flanqueado de grandes columnatas.
Se pusieron en pie aturdidos, envueltos por un gran calor y la luz cegadora del Sol en su cenit. A trompicones se acercaron a lo que parecía la puerta y tras traspasar la linde, un espectáculo asombroso apareció ente ellos. Las pirámides de Egipto.
Las imponentes pirámides con las paredes lisas, blancas y relucientes, tal como fueron construidas y cientos de personas que los miraban atónitos tras unos ojos perfilados de negro y vestidos con túnicas de lino.